miércoles, 7 de noviembre de 2018

645. Nos alojamos en un Hostal del centro, y en la primera ocasión que tuve convencí a mi tío y a mi primo para que me acompañaran a la Relojería.


3. Hay enfermedades de las que no hay que tratar de curarse

En la primavera del año 1964, hice mi primer viaje a Madrid, en compañía de mi tío Ramiro, hermano de mi padre, y de su hijo, mi primo Loren.
Vinimos de turismo, eso es por lo menos lo que yo recuerdo que hicimos.
Visitamos el Escorial y el Valle de los Caídos, entre otros lugares turísticos.
Mi tío era el Secretario del Ayuntamiento de Fuente Álamo y estaba muy enterado de la realidad social de la España de los años sesenta.
Un pensamiento llevaba bastante tiempo rondándome en la cabeza, este era el de comprar un cronómetro que marcara décimas de segundo.
Cuando llegaba a mis manos un periódico y veía los resultados de las carreras, estos siempre venían reflejados en décimas.
Hubo que esperar bastantes años, hasta que los tiempos se tomaron en centésimas, con los cronógrafos digitales.
Unos meses antes de viajar a Madrid, escribí cartas a algunas relojerías de la capital, pidiéndoles información sobre cronómetros y precios. No era tarea fácil, ya que la mayoría de ellas tenían muy buen surtido en relojes, de todos los precios, pero en cronógrafos nada de nada. La generalidad no me ofreció ninguno y la que lo hizo me intentaba colocar artilugios de escasa fiabilidad.
Cuando ya casi se habían agotado mis esperanzas, recibí una carta de la Relojería Hispano Suiza, que tenía su domicilio en la Gran Vía de José Antonio (actualmente Gran Vía). Me ofrecían un modelo que se ajustaba perfectamente a lo que yo quería: lectura en décimas de segundo y además era el modelo oficial que utilizaban los jueces de la Federación de Atletismo.
También había conseguido las señas de una librería especializada en Libros de Deporte, me hacía mucha ilusión empezar a adquirir conocimientos sobre atletismo.
Nos alojamos en un Hostal del centro, y en la primera ocasión que tuve convencí a mi tío y a mi primo para que me acompañaran a la Relojería y a la Librería.
Feliz y contento estaba yo con el cronometro en el bolsillo y los libros en mi cartera, cuando al día siguiente volvíamos a Fuente Álamo.
Recuerdo que mi padre al verme tan eufórico le dijo a mi madre: hay enfermedades de las que no hay que tratar de curarse, porque solamente ellas nos protegen de otras mayores.

ENLACE:

551. Dejé, encima de la cama, la maleta de madera, que cuatro años antes me había hecho el carpintero de mi pueblo, para viajar a Barcelona.


25 de sept. de 2007  0:45  (97)