30 noviembre 2012

10527. Todas las pesetas que pudiera llevar a casa eran muy necesarias

Blas Jurando la Bandera Española el 20 de abril de 1969.
#Foto de Blas García Marín



21. Una nueva detonación retumbó en el crepúsculo de aquella tarde de abril


En el mes de marzo del año 1969 me llevaron a hacer el Servicio Militar a Valladolid, al Centro de Instrucción de Reclutas del Pinar de Antequera.
Por entonces todos los trabajadores de la empresa CASA, donde yo trabajaba, estábamos militarizados. En el ejército se nos permitía realizar solamente el período de instrucción, y una vez que este finalizaba volvíamos a incorporarnos a nuestros puestos en la Fábrica.
Yo pensaba que ir a la mili durante dieciocho meses era una perdida de tiempo. Así es que la oportunidad que tenía, de realizar solamente el período de instrucción durante tres meses, no estaba dispuesto a desaprovecharla.
Dejábamos de cobrar el sueldo durante nuestra estancia en el Cuartel y luego, al volver al trabajo, disfrutábamos de las mismas condiciones laborales que cualquier trabajador de CASA, solo que en dos años no nos daban la Cartilla Militar, la licencia que así era como se llamaba.
Firmábamos un contrato comprometiéndonos a no marcharnos de la empresa en cinco años. Eran unos tiempos de apreturas económicas para la mayoría y todo el dinero que pudieras llevar a casa era muy necesario.
Seguía entrenando en el Campamento, si bien es cierto que no con la regularidad y la intensidad con que lo había hecho antes. La Instrucción me dejaba muy cansado, como para que no me quedaran, al final del día, muchas ganas de ponerme a correr.
El rancho era malo. Si teníamos dinero podíamos comprar en la cantina una lata de sardinas, quesitos, chocolate o galletas.
Durante los tres meses que estuve en Valladolid, se celebraron los Campeonatos de Atletismo del Ejercito del Aire. Me inscribí en ellos y conseguí proclamarme, campeón Regional en la prueba de 400 metros lisos.
Me seleccionaron para correr los Campeonatos de España y me dieron una semana de permiso, que aproveché para entrenar en el Cerro de los Ángeles de Getafe y prepararme para los Campeonatos Militares Nacionales.
Las pruebas se celebraron en las pistas del Instituto Nacional de Educación Física de Madrid. Volví a correr 400 metros y en está ocasión me clasifiqué en cuarta posición, muy cerca de la medalla de bronce.
Me volvieron a conceder otros siete días de permiso por mi participación en los Nacionales. Una vez que finalizaron me incorporé de nuevo al Pinar de Antequera, para realizar la parte final del período de instrucción, de cara a la Jura de Bandera que realizaríamos en el mes de mayo del año 1969.
Durante los meses de marzo y abril se organizó un Campeonato de Ajedrez en el CIR, al que yo me apunté con mucha ilusión, ya que por entonces este juego me gustaba muchísimo. Era una oportunidad muy atractiva que tenía de compararme a jóvenes desconocidos.
Como éramos muchos los participantes la competición se desarrolló por eliminatorias, así es que el que perdía una partida quedaba fuera.
Fui pasando rondas y ganando partidas, muchas de ellas con gran facilidad. Las últimas se complicaron bastante más.
En la final me tuve que enfrentar a un compañero de CASA, Julián de Paco Muñoz, que por entonces trabajaba de delineante en la Oficina Técnica. De Paco había conseguido ganar con brillantez todas sus partidas.
Después de una lucha muy reñida conseguí romper el frente de mi rival y me situé en una posición que me daba ventaja de calidad. A partir de ahí si era capaz de aprovechar la posición solamente era cuestión de jugar lo mejor que pudiese, forzando el cambio de piezas. Así lo hice y poco después me di cuenta que ya era muy difícil que perdiese el lance, a no ser que me equivocara y cometiese algún error garrafal. No me equivoqué y Julián cayó derrotado sin dejar de oponerme una tenaz resistencia hasta el final, que para mi no estuvo exento de dificultades. El bigotes ganó la partida y el Campeonato. El premio que obtuve fue un tablero de ajedrez que habíamos comprado entre todos los participantes, que me firmaron hasta que ya no cupieron más nombres. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi paso por el CIR del Pinar de Antequera de Valladolid.
Algunos de los que compartieron conmigo aquella etapa fueron: Ángel Díaz, Ángel Perea, Ángel Toribio, Cándido Martín, Celedonio Muñoz, Clemente López, Eduardo Grando, Fernando Ortega, Julián de Paco Muñoz, José Cruz, José González Estrada, Manuel Benito, Manuel García, Mariano del Pozo, Pablo Rodríguez, Pedro Nogales, Rufo Martín, Santiago del Valle…
Durante mi estancia en el Centro de Instrucción de Reclutas hubo un hecho que me impresionó mucho. Una tarde cuando ya habíamos finalizado la instrucción escuchamos un disparo. Me asomé por la ventana del barracón y vi a un teniente, que era muy conocido por nosotros en el cuartel, y del que no recuerdo su nombre, que acababa de realizar un disparo con una pistola que llevaba todavía en la mano. Acababa de matar a uno de los perros que se había introducido clandestinamente en el CIR. Parece ser que así lo hacía con todos, hasta que no quedaba ninguno, y según me contaron después los sacrificaba con el consentimiento de sus superiores. El impacto que me produjo aquel espectáculo fue brutal y lo he recordado muchas veces desde entonces.
El teniente sin importarle en absoluto que nuestras miradas estuvieran fijas en él, con sus parpados cerrados contra el sol, tenía tensa la mirada y su mano se levantaba nuevamente para proceder a otra nueva ejecución. Me quedé pálido como el mármol, me retiré de la ventana para sentarme de nuevo en mi litera, justo en el momento en que una nueva detonación retumbó en el crepúsculo de aquella tarde de abril.


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10400. En la calle Barón del Solar de Fuente Álamo, mi abuelo Blas, padre de mi padre, le había dejado un trozo de bancal que tenía junto a la casa

10399. En la “cuadra del boina” estaban Pedro Molero, Adolfo Gutiérrez, Arturo Santurde, Ángel Santana, Pepe Verón (el Maño), José Luis García...

10398. Que abráis vuestros álbumes y me enviéis aquellas fotografías que guardáis como pequeños tesoros

10397. Han pasado más de cuarenta años desde aquella primera visita al Cerro de los Ángeles

10395. Tuvimos que enfrentarnos contra la indiferencia e incomprensión de la sociedad española de los años sesenta y setenta, nos llamaban locos

10389. Mi primer contacto con una pista de atletismo en Madrid, fue en las instalaciones del SEU de la Ciudad Universitaria

5492. Caminaba de pared a pared, con paso tenaz, inquieto, con las manos en la espalda, la cabeza hacia adelante, inmerso en sus pensamientos, sin molestarse en mirarnos ni hacer el más mínimo gesto que indicase que se había percatado de nuestra presencia

5475. Tuvo que pasar algún tiempo hasta que descubrí que aquel cronómetro, de 1964, no funcionaba bien cuando se corría con él en la mano

5445. Lo veía y no podía creerlo, el cronómetro se había parado en 10 segundos y 6 décimas. El récord de España, que tenía José Luis Sánchez Paraíso, de Salamanca, estaba en 10.4

5416. Nos alojamos en un Hostal del centro, y en la primera ocasión que tuve convencí a mi tío y a mi primo para que me acompañaran a la Relojería

5405. Dejé, encima de la cama, la maleta de madera, que cuatro años antes me había hecho el carpintero de mi pueblo, para viajar a Barcelona

5401. Eran las siete de la mañana, del día dos de septiembre del año 1965, cuando mi padre y yo caminábamos en silencio por la calle Barón del Solar

72. Cuenta mi padre, que se daban una buena tunda de correazos, volvían a sus casas calentitos, aunque siempre había que procurar dar y que no te dieran

71. Subía ella por la Plaza del Ayuntamiento, con su capazo de ropa apoyado en la cabeza. El agua le bajaba por la cara, empapándole la camiseta.

70. A mi abuela Serafina el trabajo se le acumulaba y no llegaba a tiempo de atender a sus diez hijos varones

69. Pidieron reunirse con Pedro de la Cruz, el Juez Árbitro, para proponerle que se cambiara la salida, que se corriera a favor del viento

68. Las piernas me pesaban como el plomo. Los brazos los movía sin control. La alegría de irme solo la pagué muy cara. Ya era tarde para rectificar

64. “El boina” nos había dicho que si no marchábamos bien nos descalificarían. El juez Arbitro Nacional Fermín Bracicorto, nos iba a controlar

61. Al estar situado cerca de la Ciudad Universitaria y del INEF, era el lugar idóneo, cuando no queríamos bajar a la Casa de Campo

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