18 noviembre 2016

12181. #Psicoanálisis. El complejo de castración y la función del límite en la mujer, por Concha Miguélez Furones

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Freud insistió desde sus primeros a sus últimos textos en la investigación teórica y clínica de la vida sexual de las mujeres. Había algo que no andaba en la sexualidad femenina. En 1925, en su texto “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”, Freud sintetiza su primera formulación acabada sobre sexualidad femenina. Posteriormente la reformula en 1931 en “Sobre sexualidad femenina”, donde pone al descubierto una diferencia fundamental entre los sexos, por un lado el complejo de Edipo y el complejo de castración y por otro la formación del superyó. Diferencias que tienen consecuencias en lo psíquico.
 La tesis de Freud en 1925, consistía en que la diferencia entre el desarrollo sexual de la niña y del niño radicaba en que ella tendría que realizar un doble camino para llegar a una posición femenina. El cambio de órgano sexual rector clítoris por vagina y el cambio de objeto de amor la madre por el padre.
Sin embargo, en un trabajo anterior, de 1923, “La organización genital infantil”, sostiene una tesis que nunca abandonaría. Para ambos sexos solo es importante un genital, el masculino. No hay preponderancia genital, sino del falo. El falo hace diferencia y agujerea igual a hombres y a mujeres.
 Posteriormente, en 1931, en su texto “Sobre la sexualidad femenina” hace hincapié en la fase de ligazón preedípica de la niña con su madre. Para Freud, no hay paralelismo en el desarrollo de ambos sexos.

Primera diferencia, complejo de castración.
 “En nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis” Lección XXXIII “La feminidad” Freud nos dice que el complejo de castración de la niña es iniciado por la visión del genital del otro sexo, la niña se siente inferior. El hecho de la falta de pene introduce a la niña en el complejo de castración, instaurándose lo que Freud llama envidia de pene. Entendida esta no en la dimensión imaginaria, sino en la dimensión simbólica, que equivaldría a pensar esta envidia como estructural, como pasaje necesario y no contingente para la asunción subjetiva de la feminidad.
Experimentarse castrada tiene consecuencias psíquicas para la niña. Pueden darse tres desenlaces: la inhibición sexual o neurosis, el complejo de masculinidad, o a la feminidad normal.
El hecho de que la niña parte de la castración consumada y de que en el varón resulta la castración como amenaza, obliga a que la posición femenina sea asumida por medio de la envidia de pene y a que la feminidad se constituya por esta no equivalencia, al escapar algo de ella a la regulación fálica.
La niña se comporta como un varón: sustituye el pene por el clítoris, con el que obtiene placer, sabe procurarse placer y relaciona tal actividad con los deseos sexuales orientados hacia su madre. Más adelante la envidia de pene le anula el goce de la sexualidad fálica. El objeto de su amor era la madre fálica, pero con el descubrimiento de que a la madre le falta el pene, la mujer queda desvalorizada, para la niña y el niño, y se le hace posible abandonarla como objeto amoroso. Cuando la niña asume que el otro materno está castrado y ella también lo está, re significa las aspiraciones sádico-anales bajo la expresión de culpa por ese deseo incestuoso hacia la madre. La sujeto renuncia a la actividad, la pasividad se hace dominante y el viraje hacia el padre se hace gracias a los impulsos instintivos pasivos. Esta evolución que acaba con la actividad fálica facilita el camino a la feminidad. Al goce del clítoris se le suma otro goce, otro goce que escapa a la regulación fálica, goce que la hace padecer por no poder decir de que goce se trata y goce que en el intento de simbolizarlo obliga a la mujer a girar hacia el padre en busca de una significación.     
Cuando la niña llega al complejo de castración sufre la primera afrenta narcisista y experimenta imaginariamente la falta de pene como un castigo. La entrada en el complejo de castración trae como resultado un goce de más que escapa a la regulación fálica.  Se introduce en la envidia de pene obteniendo un nuevo goce específico femenino del que ella nada sabe. Envidia   no estar toda ella dentro de la función fálica, La envidia de pene es por tanto el plus de goce de la mujer. La envidia de pene es la expresión imaginaria de este goce que escapa a la representación y deja huellas imborrables en el carácter.  Paradójicamente, la mujer lo siente como un goce de menos al estar fuera de toda simbolización posible, debido a la imposibilidad de decir nada de él. La queja de algunas mujeres por no sentir nada está en relación con la presencia de un goce que se le escapa a la representación fálica.
Freud descubre tardíamente la importancia del preedipo en la constitución de la sexualidad femenina. Esta temprana relación de la niña con su Otro primordial se articula alrededor de la lógica del don, alrededor de la falta. La demanda de amor de la niña a la madre es una demanda que comporta una exigencia ilimitada, imposible de ser satisfecha y cualquiera que sea la respuesta, confluye en la decepción porque no puede darle el falo que le falta. “Este sería el ombligo del estrago en la relación madre- hija”.1
 ¿Pero cómo deshacerse de esta ligazón con la madre?  Lo más importante es porque no la dotó de falo. Dicha ligazón pasa de ser tierna a ser hostil. Ante ni tú me lo das el falo ni yo lo tengo dirigido a la madre, ante la imposibilidad materna de satisfacer las aspiraciones activas de la niña, esta asume una posición pasiva frente al padre. El extrañamiento a la madre es algo más que un cambio en la travesía del objeto, es la entrada en la castración y su efecto es producir otro goce. Para Lacan “el papel de la madre es el deseo de la madre y el deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, siempre produce estragos, es estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre. No se sabe que mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre”.2
“La envidia de pene aparta a la niña de la madre y la hace entrar en el complejo de Edipo como en un puerto de salvación”.3 El viraje al padre no está exento de la culpa originaria de la fase preedípica, donde se establecieron las mociones sádico activas hacia la madre que luego son subrogadas por aspiraciones libidinales de meta pasiva. La búsqueda de un padre en la histérica es la búsqueda de otro que ponga límite a su goce femenino. El límite que ahora espera del padre tiene dos vertientes:
 1. Este deseo imposible de satisfacer, el deseo de simbolizar todo el goce, o lo que es lo mismo, estar toda ella en la función fálica, es sustituido por el deseo de hijo, apareciendo este hijo en el lugar de lo que a la mujer le hace falta la simbolización de su goce femenino.
 La esperanza de que el padre responda a este deseo es la expresión sintomática de la demanda de un límite.
 2. La culpa frente al padre de ese goce de más, que persevera, que insiste, pide castigo. Este goce se intenta simbolizar con el llamado al padre. El fantasma neurótico es la respuesta a ese pedido de castigo, es una forma de decir algo sobre ese goce no simbolizable, que escapa a la función fálica como reguladora de todo goce. La versión del fantasma hace consistir de manera solidaria una versión de goce del ser mujer con el padre gozador.
Como resumen podemos decir que:
1º.  La entrada de la mujer en complejo de castración es el momento de acceder a la feminidad. 2º.  La envidia de pene es la expresión de la aspiración a someter a todo su goce a la regulación fálica.
 3º.  Ante la imposibilidad de simbolizar este goce de más surge el pedido de límite y la culpa por tener un goce otro.
La niña pasa de la idea de pene a la idea de niño, su complejo de Edipo culmina en el deseo retenido durante mucho tiempo de recibir del padre como regalo un niño, pero un hijo del él. Los dos deseos de un pene y de un hijo del padre perduran en lo inconsciente intensamente cargados y la ayudan a preparar su papel sexual.
 Hasta aquí el complejo de Edipo no está en juego pues a diferencia del varón el complejo de castración es anterior y preparatorio para el Edipo. EL complejo de Edipo de la niña nos ha ocultado mucho tiempo su vinculación anterior con la madre. Para la niña el complejo de Edipo es el desenlace de una larga y difícil evolución.
La relación del complejo de Edipo con el complejo de castración presenta una diferencia importante entre ambos sexos.
 El complejo de Edipo del niño en el cual desea a su madre y quisiera apartar a su padre se desarrolla a partir de la fase de sexualidad fálica. La amenaza de castración le hace abandonar esta actitud, y el complejo de Edipo es abandonado y se instaura el superyó como heredero. En la niña pasa al contrario, el complejo de castración prepara el complejo de Edipo en lugar de destruirlo. Con esta exclusión del miedo a la castración desaparece también un poderoso motivo de la formación del superyó. Estas formaciones parecen ser, más que en el niño, consecuencias de la intimidación exterior que amenaza con la pérdida de cariño de los educadores.
 En “Inhibición síntoma y angustia” Freud dice que cada etapa del desarrollo tiene adjudicada una condición de angustia, así el peligro de desamparo psíquico corresponde a la época de carencia de madurez del yo, el peligro de la pérdida del objeto a la de dependencia de otros en los primeros años infantiles, el peligro de la castración a la fase fálica y el miedo al superyó al periodo de latencia.  
 Podemos considerar dice Freud la angustia a la castración como la única fuerza motivacional de los procesos de defensa que conducen a la neurosis, pero al mismo tiempo vemos que no sería decisivo en el sexo femenino, más dispuesto a la neurosis que los hombres. El desarrollo de la niña es orientado por el complejo de castración hacia la carga amorosa de objeto. En la mujer parece ser el peligro de la pérdida del objeto la situación de mayor eficacia, con una modificación, no se trata ya de la pérdida del objeto sino de la pérdida de su amor3.
Es importante considerar la fuerte preeminencia del amor en el Edipo de la mujer4. Como hemos visto Freud estudia los diferentes motivos por los cuales se genera la angustia en el hombre y en la mujer, y dice que, si en el hombre el principal motivo es la amenaza de la pérdida del órgano, en la mujer lo será la amenaza de la pérdida del amor parental.
 La imposibilidad de escribir la relación sexual es el fundamento de la neurosis y el amor es una de las estrategias más exitosas para velar esa imposibilidad.  El amor es una pasión femenina por excelencia, esta comporta lo ilimitado de la exigencia amorosa5

Segunda diferencia, el superyó.
El niño después de haber renunciado a ser el falo de la madre y de identificarse con el padre como poseedor del falo por un lado y de asumir la posibilidad de perderlo por el otro, asume el complejo de castración y se lanza a desear más allá de la prohibición del incesto. En el varón el complejo de castración no es simplemente reprimido, sino que permanece bajo amenaza al existir al menos uno, el padre primordial que escapa a la castración, siendo este padre el fundamento de lanzarlo a desear aquello que ha perdido. Así el superyó en el caso del varón se constituye en el heredero del Complejo de Edipo en tanto regulador fálico.
Desde el punto de vista anatómico el lado mujer se define por la carencia de pene y por otra parte la mujer no puede heredar de la castración un superyó de la manera que los que sí lo tienen y que subjetivamente están plenamente en la función fálica.
El complejo de castración en la niña tiene como función forzarla al complejo de Edipo por tanto el superyó no puede ser su heredero. Podemos preguntarnos como sale la niña del Edipo si no resulta un superyó como heredero.  En la mujer la angustia de castración no simboliza todo el goce como en el caso del varón.
En el texto de 1925 “Algunas consecuencias de la diferencia sexual” Freud dice que en la niña falta todo motivo de aniquilamiento de Complejo de Edipo. Este puede ser abandonado lentamente, o liquidado por represión, o sus efectos persistir mucho tiempo y vacila al decir que el nivel ético normal es distinto en la mujer que en el hombre. “El superyó nunca llega a ser tan inexorable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como exigimos que lo sea en el hombre”6 por tanto Freud plantea un superyó en la mujer más personal, es decir está más en primer plano la relación con el otro Otro y más en contacto con lo afectivo, es decir tiene una mayor libertad con el goce.7
 Para Miller este problema del superyó femenino no es más que una máscara del problema del goce femenino, goce no frenado por el falo.8

Tercera diferencia, el goce femenino.
Lacan en su Seminario V “Las formaciones del inconsciente” dice que una verdadera mujer tiene algo de extravío, término clave porque quiere decir que el goce femenino, ese goce que no sería fálico, que lo designamos como no todo, lo calificamos de sin límites, esto significa sin referencias simbólicas, lo que permanece fuera del saber, lo extraviado, que no tiene que traducirse como exceso. Es un goce difícil de soportar. Es la falta de límites lo que nos revela la marca del goce femenino.
Si la mujer tiene algo de extravío tal como propone Lacan, no es porque está perdida, descarriada o desorientada, cosa que puede pasarle tanto a ellos como a ellas, sino porque el goce que la habita es insituable, esto es la condición no localizable del goce femenino9
 ¿Locura y goce femenino es lo mismo? ¿Por qué a veces se designa al último como loco?
La naturaleza del goce femenino, al ser de una naturaleza distinta al goce fálico, es un goce que causa culpa, que obliga a pasar por un momento mediador entre Complejo de Castración y el Complejo de Edipo y que coincide con la instauración fantasmática.
La estructuración del fantasma perverso en la mujer, tiene relación con los diferentes momentos de la asunción de la sexualidad femenina, es decir con la asunción del goce no todo que excede a la función fálica. “La versión del fantasma hace consistir de manera solidaria una versión de goce del ser femenino con una versión del goce del padre”10. Estas fantasías de ser humillada, ser golpeada, ser insultada, y miles más por el padre parten en el caso de la niña de su postura edípica normal, de querer recibir el límite del padre para regular este goce.
De todo esto deducimos que a la mujer no baste con definirla por la ausencia o carencia de pene, sino por un exceso de goce que pide límites en la función fálica. Que la mujer admita el hecho de su falta de pene, es decir que admita el hecho de la existencia de este goce de más no quiere decir que se someta pacíficamente a él, sino que se aferra a ese deseo de estar toda ella en la función fálica.
En un primer momento Lacan discernió el goce femenino respecto del masculino. Pero hay un segundo tiempo y aquello que llegó a entrever por el sesgo del goce femenino, lo generalizó hasta transformarlo en el régimen del goce como tal11.
Una de las tareas analíticas consiste en circunscribir, en escribir la imposibilidad de simbolizar todo el goce femenino, lo que equivale a decir que el rasgo que define a la feminidad en general es que siempre habrá un goce de más que escapa a la regulación fálica.
El trayecto analítico de una mujer según dice Esthela Solano en “Las mujeres, El amor, y el goce enigmático”. Mujeres, Una por Una, consiste en separarse de las fijaciones que condensan la demanda de amor edípica, dirigidas al padre y a la madre.
La culpa y la falta que se imputaba a la madre se revelan como un malentendido, eran interpretaciones coaguladas por el desamor. La madre del estrago se reduce en un análisis a una serie de huellas dejadas por lalengua en el cuerpo, son S1 y la madre del estrago resulta de una creencia consecutiva en los mandatos del significante amo. Aquí se anuda la madre del estrago y el superyó como imperativo de goce.
Con respecto al padre el trabajo analítico consiste en separarse de las distintas versiones del ser femenino condensadas por la vía del fantasma, que son correlativas de una versión del goce del padre.
El análisis separa a una mujer del ideal y de toda comparación con otra mujer para consentir a su propia versión de lo femenino.
El final del análisis no reconcilia a la mujer con la envidia de pene, sino que, pasando de la lógica de la falta a la lógica de lo imposible, ella puede saber que la relación con lo imposible, es decir con lo real es lo propio de su posición. De ahí que ellas puedan acceder a un saber hacer no con la falta, sino con el agujero en el saber propio a lo real. Este es el principio de creatividad y de invención que caracteriza para cada una su ser de mujer.
Resumiendo podemos decir que  la llegada de la niña a la feminidad es el resultado de un sinuoso camino por la sexualidad, donde se marca una gran divergencia  entre  los sexos, no solo en cuanto a la anatomía , sino en cuanto a  la diferencia irreductible de los dos goces inconmensurables , el goce fálico que está dentro de la función fálica por tanto dentro de la función simbólica de la castración, y el otro goce que está de más, que le hace falta ser atravesado por la función simbólica del falo. 
Concha Miguélez
1Solano-Suarez E.  Las mujeres, El amor, y el goce enigmático. Mujeres, Una por Una. Pag.91 Editorial Gredos S.A.
2 Lacan J. El reverso del psicoanálisis Seminario 17. Pag.118 Ediciones Paidos
3 Freud S. Obras Completas. Inhibición Síntoma y angustia. Pág. 2866 Ediciones Orbis S.A.
4Goya A. En 1988. Jornadas de psicoanálisis. Lo masculino y lo femenino. Pág. 53
5Solano-Suarez E.  Las mujeres, El amor, y el goce enigmático. Mujeres, Una por Una. Pag.96 Editorial Gredos S.A.
 6 Freud S. Obras Completas. Algunas consecuencias de la diferencia sexual año 1925 pág. 2902 Ediciones Orbis S.A.
 7 Tizio H. en La supuesta peligrosidad femenina en Mujeres, Una por Una Pág. 64 Editorial Gredos S.A.
8 Miller J.A. Recorrido de Lacan Clínica del superyó Pág.146 Manantial
9 Aguilar L. Extravío femenino
10Solano-Suarez E.  Las mujeres, El amor, y el goce enigmático. Mujeres, Una por Una. Pág98 Editorial Gredos S.A
11 Miller J.A. El ser y el Uno pag.50










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18 de noviembre de 2016  0:45  (75)

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